Y un día se fue, sin mucho ruido, sin dar guerra. Sin darse importancia, como era ella. Murió como vivió. Haciendo la vida fácil a los suyos. Tenía todo planeado. Pagó durante años las letras de su propia sepultura. Quería enterrase con su madre, su hermana y su marido. Compró una parcela grande, para cuatro, descendente. Fue la última de su generación en irse. Terminó el ciclo. Se cerraba una etapa preciosa y dulce para mi. Tardé cinco años en poder hablar de ella sin llorar. Hasta aquel momento había sido la persona con la que más había intimado, reído y disfrutado. Han pasado muchos años y hay días que ya no pienso tanto en ella. Mentiría si dijese lo contrario. Se que ella desde el cielo se alegra, sonríe. No le gustaba verme triste. Imposible olvidarla, mi casa es un santuario con imágenes y recuerdos de ella en cada rincón. Su vida me inspiró y su legado trascenderá de generación en generación, con lo bueno y con lo malo.
Hace poco descubrí abandonada y empolvada en el trastero de la casa de mis padres su vieja máquina de coser. Una Singer, negra y dorada. Con la aguja y el pedal intacto. Aquella con la que cosió los petos vaqueros de la fábrica, mis vestidos de fiesta, las cortinas de la casa de mi madre, los pantalones de mi ex y los bajos de las faldas del uniforme de mis hijas. Al verla me dio un vuelco el corazón. No podía dejarla allí tirada, sola, parada. Sin usarse. Abrí la portezuela del mueble de nogal que la recubría y allí estaba la vieja lata de bombones con su dedal, hilos, botones, alfileres, imperdibles, automáticos, cremalleras. Todo su instrumental al completo. Olía a ella, fragancia de agua de colonia concentrada Álvaro Gómez. Increíble cómo el cuerpo es capaz de guardar memoria. Dos lagrimones aparecieron sin previo aviso y resbalaron por mis mejillas. La emoción fue mucho más rápida que la razón. Llamé a Rafa y me ayudó a cargarla en el coche. La traje a casa y hoy luce hermosa en un hueco perfecto para ella, como hecho a su medida. Un hueco que llevaba tiempo esperándola. En numerosas ocasiones había intentado colocar alguna mesilla, cesta o adorno, pero nada terminaba de encajar. Mi abuela, que siempre fue un poco bruja, ha sabido hacerse hueco y sigue estando presente entre nosotros.
FIN






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