
Nació en el 2020 en plena pandemia y Rafa pudo escaparse la víspera de Noche Buena para ir a recogerlo en coche a Vigo. Viaje de ida y vuelta en un mismo día justo antes de que volvieran a imponer restricciones. Regreso angustioso para ambos; Rafa desbordado con los lloros del cachorro y el cachorro desolado por la separación de mami. Al final se entendieron, y cuando llegaron a casa yo no podía creer lo diminuto que era. Esa fue mi primera impresión. Me lo había imaginado mucho más grande. Una bolita de pelusa negra con algo de marrón que lo único que quería era comer y estar en brazos. En seguida se hizo íntimo de Coco, nuestro gato, adoptado pocos meses antes. Pipo, el rey de la casa, no entendía nada. Llevaba 13 años solo ya gusto; de repente otros peludos ajenos a su aprobación invadían su territorio y captaban la atención de sus dueños. El cabreo le costó unos cuantos meses, pero como siempre fue un perro bastante equilibrado para mejorar rápidamente la nueva situación. Los perros jugaban poco entre ellos, pero Leo y Coco se convirtieron en los mejores amigos y no paraban de jugar a todas horas.
Leo era más bien torpe, no aprendió a controlar el pis hasta los tres años. Muy primario y territorial gruñe a menudo por casi todo, pero es el perro mas cariñoso que haya conocido. A él le gusta estar con nosotros, cerca, no siempre pegado. Es muy payaso, elocuente y gracioso. Tiene muy claro quiénes somos su familia, humana y peluda. Interactúa poco con los de fuera, pero con los suyos es un perro extremadamente sensible y familiar. Lo que más le gusta es dormir, generalmente boca arriba; ahora sabemos que es la forma que tiene de desconectarse del dolor que padece por culpa de su enfermedad. También le encantan los huesos y jugar.

Hace dos años le operaron de su pata delantera izquierda, pensando que se había hecho daño de cachorro en una caída fuerte que tuvo. Luego hemos descubierto que es una enfermedad degenerativa que le va deshaciendo todos los ligamentos del cuerpo. Tiene medicación crónica de por vida para calmar los dolores y fortalecer los ligamentos. Dos pastillas cada día. Una le sienta mal y no puede tomarla. Y así van pasando los días y los años. Nadie sabe cómo acabará esto. El traumatólogo está desconcertado porque nunca ha visto nada igual. Nosotros estamos acostumbrados a que Murphy se cebe con nosotros. Le caemos muy bien y estas circunstancias que parecen inverosímiles e improbables nos suceden a nosotros con frecuencia. Menos mal que decidimos hace tiempo tomarnos la vida con humor.
No hemos dejado de hacer vida normal y seguimos llevándolo siempre con nosotros allá donde vamos. Recuerdo con especial cariño el viaje que hicimos en autocaravana por Francia en el verano del 22, prácticamente recién operado. Compramos un carrito para los dos, Leo lisiado con la pata, y Pipo un viejete de 15 años que a no podía andar como antaño.

No sabemos los años que estarán con nosotros, pero como dice mi marido lo disfrutaremos cada día.






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