¡ 16 años juntos, Pipo!

by | May 8, 2024 | Celebrar, Mascotas, Me gusta

Hoy es un día muy especial para celebrar a lo grande. Mi perro cumple 16 años él se merece el mejor de los homenajes. Una entrada en el blog me parece un gesto especial que lo recordará toda la vida. Pocos son los bendecidos con una vida tan longeva y feliz: ¡Felicidades campeón!

Aún me acuerdo de aquel infernal día de agosto en el que una fuerte ola de calor azotaba el hormigón y hacía impracticable la ciudad de Madrid. Apenas se podía respirar y si te atrevías a salir a la calle era por alguna causa bien justificada. La mía era una razón muy especial. Adelantándome a las niñas y a Manuel yo me había vuelto de la playa el día anterior para recoger a Pipo, nuestro cachorro de Bichón Boloñés que más bien parecía una bolita de pelusa blanca.

No pude dormir en toda la noche de la emoción que sentía. Por fin podía tener un perro dentro de casa. Mis padres nunca me dejaron; solo estaban permitidos perros de guarda en el jardín, y Manuel, mi primer marido, decía que Lucas, mi gato de soltera, ya era más que suficiente. El cupo de peludos era imposible de aumentar por Real Decreto. Gracias a circunstancias que ahora no vienen al caso y que alargarían mucho la historia los deseos se ponían de mi parte y en pocas horas mi sueño de niña, el que tantos años había esperado, se haría realidad.

Pipo había nacido el 8 de mayo del 2.008, exactamente hace 16 primaveras. Pero no fue hasta el 8 de agosto que pude tenerle definitivamente en mis brazos. Nunca me gustó su nombre, pero el chiquitín ya atendía cuando le llamabas y me pareció cruel cambiárselo. Tenía un pelo blanco, suave, sedoso y rizado. Sus ojitos negros me miraban siempre con dulzura, y alrededor de ellos tenía un antifaz de pelitos rojizos fruto del lagrimal obstruido que padecía. A muchas personas esto les suponía un problema y se gastaban millonadas en productos para corregir esta imperfección. A mí en cambio me parecía que era su seña de identidad, y además le otorgaba carácter. Tenía una trufa muy negra y unas orejitas que movía como antenas.

Fue bueno, serio y formal desde el principio. Yo me había preparado a consciencia y después de leer muchos libros sobre cachorros sabía que sería inevitable contar con un torbellino en casa los meses venideros. En teoría lloran, rompen, mordisquean y se hacen pipí o caca en casa, entre otras lindezas. Yo estaba más que mentalizada. En la práctica Pipo se convirtió en el cachorro más tranquilo y obediente que nunca he tenido. Aprendía como una esponja todo lo que yo le explicaba. Me traía la pelota, esperaba a salir a la calle para hacer sus necesidades, lloró solo la primera noche que llegó y me hizo un favor cuando lo único que mordisqueó en su vida fue un revistero horrible que teníamos en el salón.

Como casi todas las personas tendemos a acostumbrarnos a lo bueno muy rápido, acabé normalizando todos sus comportamientos, y cuando Rafa, mi actual marido le conoció dijo: ¡este perro es excepcional! En ese momento me pareció una exageración, pero ahora muchas veces recordamos aquella palabra, excepcional, e inevitablemente no podemos parar de reír a carcajadas, sobre todo cuando vemos al resto de nuestra manada: Coco, Leo y Bombi.

Ha sido “mi persona favorita” como yo suelo decirle. Fiel, noble, equilibrado, leal y paciente. Muy de su familia. Atento, educado, cariñoso. Tranquilo, pacífico y sumamente inteligente. Muchas personas dicen de él que solo le falta hablar. Siempre ha sido como un gentleman inglés. Único y excepcional.

Juntos hemos pasado mil y una aventuras. Juntos hemos viajado, recorrido y conocido nuevos lugares, nuevas personas. Siempre juntos, él y yo. Ahora viejito me sigue mirando con esos ojitos llenos de dulzura y admiración. Ya no son tan negros y tan oscuros, sino más bien turbios, blanquecinos, fruto de sus cataratas. Yo le miro con ternura. Sordo como una tapia, cieguito y torpón sigue siendo ese perrazo que tantas alegrías nos ha dado. Ha menguado y perdido algo de peso y masa muscular. Un poquito demenciado ha despedido ese filtro que tanto le representaba, y a veces, muy esporádicamente tiene alguna pérdida en casa o se pone a dar vueltas en círculos sin parar. Parece como si tuviera algo de parkinson y claquetea con sus patitas delanteras a un ritmo ligero. Cuando se pone nervioso sin razón aparente yo le acaricio suavemente las orejas, le masajeo la cabeza y le froto la espalda. Él inmediatamente se tranquiliza. Me sigue como un zombi por toda la casa, a ritmo de caracol, con pasitos muy cortos. Ya no puede dar paseos largos porque se fatiga y su corazón le falla un poco.  Si anda mucho luego se queda medio inválido debido a su artritis. No sé si es cierto eso de que un año de persona equivale a 7 años de un perro, en ese caso tendría 112.

Sin darme casi cuenta y a un ritmo vertiginoso pasaron 16 años. Mi lindo cachorro se volvió un adorable viejito. Hace unos meses me vino la tristeza, pensando que su final era inminente, y el pánico se apoderó de mi cuando pensaba cómo sería la vida sin él. Él tuvo una crisis y yo otra diferente. Ambos remontamos. Gracias a una charla que tuve con mi marido decidí que en vez de llorarle en vida le iba a disfrutar y transmitir todo mi amor y cariño. No paro de abrazarle, besarle y hablarle. Él sabe que lo quiero con locura. No sé cuánto más estará con nosotros, pero hoy ha corrido, saltado y disfrutado. Cada día es un regalo. Ya habrá tiempo de llorarle cuando falte. Mientras tanto seguimos juntos, felices y alegres.

 

 

 

 

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