Father Wallens. Capítulo II. FIN

by | May 13, 2024 | Inspiración, Leer y escribir, Me gusta, Vidas llenas de Sentido

Eran muchos, pero a Mike le gustaba saludarlos como Dios manda, de uno en uno. Daba igual que tardase una o dos horas en hacerlo. Tenía un radar, un don, y a cada uno le preguntaba aquello que más le preocupaba. Después, cuando todos le habían compartido sus intimidades más secretas, o sus inquietudes más ocultas, él los reunía en una gran sala donde había hueco para todos. Nadie se quedaba fuera. Allí improvisábamos juegos, conversaciones más o menos profundas o hacíamos un cine fórum con películas clásicas y modernas. Era un espacio donde se daba permiso a la nostalgia, rememorando tiempos pasados. También cabía el progreso. Aprendizajes nuevos y adaptaciones a estos nuevos tiempos. Yo me quedaba ensimismada escuchando sus historias. Ellos me contaban con todo lujo de detalles cómo habían vivido. Disfrutaba mucho de su compañía. A mis amigas, en cambio, les aburrían. Ellas preferían los presos de la cárcel. Mike respetaba los gustos de todos. Prefería que cada uno eligiésemos lo que más nos gustaba. También respetaba nuestro ritmo. Nos dejaba madurar sin prisas ni presiones. Sin expectativas. Le acompañábamos dónde queríamos. En el cuándo si era exigente. Cuando un lugar nos gustaba nos comprometíamos, porque las personas que visitábamos se encariñaban con nosotros, nos esperaban y se sentían queridas. No cabía el antojo o el capricho de hoy si, mañana no. No valía aquello de si me apetece voy y si no me apetece no voy.

El tercer lugar donde me llevó fue un comedor social para vagabundos. Personas sin recursos que vivían en la calle. Personas sucias, harapientas y malolientes. Vestían ropa andrajosa y sus manos negras tenían dedos con mugre debajo de las uñas. Alguno, además, tenía el juicio un poco perdido y gritaba frases sin sentido. Me daban miedo, pero sobre todo me dieron asco. Olían mal y me costaba ocultar las arcadas y náuseas que me producían. Yo no quería ofenderles, y me avergoncé, pero no podía evitarlo. Lo hacía sin querer. De regreso a casa, en el coche, le expliqué al Father lo que había pasado y lo culpable que me había sentido. Él, con esa mirada penetrante asintió y dijo: – Es normal -. Sin grandes explicaciones ni grandilocuencias validó la forma en la que yo me había sentido. Esa era una de sus muchas virtudes, la comprensión y la empatía. Nunca te hacía sentir mala persona. Muchas serían las veces que volví a ese lugar. Me acostumbré al mal olor y a la porquería. No me pareció tan grave. Allí también se guardaban muchos secretos como en la residencia. El recinto tenía una parte cubierta para los días de inclemencia pero casi siempre estábamos en el exterior. Una improvisada techumbre fabricada con mástiles de metal y loneta desgastada nos guarecía del sofocante calor californiano. Colocábamos los enormes pucheros metálicos y las bandejas para alimentar a más de 200 personas cada día. Los mendigos dejaban sus pertenencias fuera. Para ellos suponía un gran esfuerzo desprenderse de ellas. Sus visitas eran fugaces. Temían que alguien les robase lo poco que les quedaba. Aparcaban sus carritos del supermercado abarrotados de mantas, bolsas sucias, algún cacharro y periódicos. Los más afortunados tenían mascotas peludas que les hacían la vida menos solitaria. Eran toda su familia. Entraban y engullían el menú completo para quitarse el hambre. Cada uno portaba su bandeja con barra de pan y botella de agua incluida. Yo, que por años me había quejado de la comida del comedor de mi colegio no podía evitar acordarme ahora de ella como si de exquisitos manjares se tratasen. La comida que allí servíamos tenía una pinta nauseabunda. A veces no podía distinguir la carne del pescado. Tropezones gordos flotando en una salsa espesa de color indefinido, gris verdoso o verde grisáceo, dependiendo del día. Ellos en cambio devoraban con fruición. Se relamían antes de limpiarse con la manga o sonarse los mocos con la mano. Aquella experiencia me curtió, me hizo menos melindre y más fuerte. Si alguna vez tuve escrúpulos, desaparecieron por completo, de un plumazo. Al terminar, saciada su hambre por completo, salían pitando. Pocos se quedaban a charlar un rato. Les podía más el miedo a perder las pocas cosas que les quedaban, que las ganas de sentirse un rato acompañados. Cuando alguno ya no tenía nada que perder prolongaba un rato su estancia y se abría en canal, confiando ciegamente en nosotros. Tenían miedo y vergüenza. Miedo a que les juzgáramos o que no creyéramos sus historias. Miedo a que le siguiéramos rechazando igual que hacían otras muchas personas. Vergüenza de haberse convertido en ese tipo de persona sin techo. Pero una vez que perdían esos sentimientos iniciales, comprobando por sí mismos que estaban en un espacio seguro donde no había juicio ni rechazo, asomaba en sus rostros una inmensa sonrisa que reflejaba gratitud. Todos, incluso los que salían zumbando, me miraban a los ojos. Sobraban las palabras. Taladraban mi interior y se expresaban: ¡Gracias!

Han pasado muchos años, más de treinta, y aún sigo recordando al Father Wallens muchas veces. Para mí fue un regalo. Marcó un antes y un después en mi vida. Gracias a él descubrí otra forma de ser y de estar en este mundo. Fue un modelo de persona que impactó en mi forma de relacionarme con los demás. Me contagió esas ganas de amar al prójimo. Aprendí de él a tratar con respeto a amigos y enemigos, a ponerme en el lugar de otros, y a  escuchar y comprender en lugar de juzgar. Y todo este no lo hizo dándome lecciones magistrales sobre respeto, empatía o comprensión sino predicando con su ejemplo mientras trataba bien a los demás.

FIN

 

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