El viernes siempre fue mi día favorito de la semana. De niña ese día podía hacer lo que realmente me apeteciera: acostarme más tarde, ver en la tele el 1,2 ,3 sin mirar el reloj, invitar a una amiga a merendar, podía tirarme en la cama y simplemente no hacer nada, mirar al techo y dar rienda suelta a mi imaginación. En la adolescencia los viernes eran sinónimo de disfrute, salidas con amigos o largas charlas colgada del teléfono, que entonces tenía cable y te obligaba a estar quieta parada sin moverte, en el mismo lugar, lo que durase la conversación. Partidas eternas de Continental en el club con amigas, pero antes café para hacer repaso y confidencias de nuestros amoríos. Ni deberes, ni estudio, ni obligaciones. A mis años sigo pensando que el viernes es el mejor día de la semana. Por delante todo el fin de semana para disfrutar. Por la noche, cuando me acuesto, no tengo que poner una alarma para levantarme al día siguiente, aunque el sábado me despierte de forma espontánea y natural a las siete de la mañana. Puedo quedar con amigos, una cena romántica, tiempo de esparcimiento y sensación de libertad. El viernes es el inicio del tan merecido descanso. Porque cuando uno trabaja mucho necesita parar y luego volver a empezar.
Me gusta leer y escribir desde que aprendí hacerlo. Pasaba horas perdida en aquellas páginas coloridas de cuentos de princesas, de animales o de personajes vario pintos. Cualquier historia llamaba mi atención. Me entretenía, disfrutaba. Hoy selecciono mis lecturas con esmero, pero a esa edad cualquier escrito me valía, me hacía volar y escaparme a lugares lejanos, exóticos, llamativos. Mi madre leía mucho, yo me fijaba. Cuando ella tenía un rato libre agarraba un libro y lo engullía. No sé si fueron mis ganas de agradarla, de imitarla o si realmente me gustó desde el principio. Lo que si estoy segura es que ya no podría vivir sin los libros. En mi colegio, innovador y trasgresor para su época, hacíamos redacciones todas las semanas. A veces tema libre, otras sugerido, y siempre corta, de una cara, para quedarnos con ganas de más y que aprendiésemos a sinterizar, quitar la paja del grano. Yo me emocionaba escribiendo, inventándome historias y creando personajes. Cuando escribía me sentía libre, poderosa. Decidía qué, quién, cuándo, cómo y dónde. Y de nuevo esa tremenda sensación de libertad, que tanto necesito, me habitaba.
Y por último necesito aprendizajes, da igual de qué tipo sean: cognitivos, sociales, emocionales, retos, etc. Me tienen que aportar coherencia, conocimiento y diversión. Se hacer muchas cosas que para otras personas pueden resultar del todo inútiles, pero igual que un niño colecciona cromos, yo colecciono aprendizajes, para mí siempre prácticos y motivantes.
Hoy celebro la vida un año más. Doy gracias por todos los logros conseguidos este año, especialmente la creación de este blog, por todas las personas nuevas que he conocido, por todas las que yo conocía y siguen a mí lado, por tener a mi viejo Pipo aún por aquí, y por todos los nuevos retos que me propongo para este nuevo año, especialmente mi proyecto de Parenting Solidario.
Y tú, ¿qué es lo que más necesitas?






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