“Un aguador de la India tenía sólo dos grandes vasijas que colgaba en los extremos de un palo y que llevaba sobre los hombros.
Una tenía varias grietas por las que se escapaba el agua, de modo que al final de camino sólo conservaba la mitad, mientras que la otra era perfecta y mantenía intacto su contenido. Esto sucedía diariamente.
La vasija sin grietas estaba muy orgullosa de sus logros pues se sabía idónea para los fines para los que fue creada.
Pero la pobre vasija agrietada estaba avergonzada de su propia imperfección y de no poder cumplir correctamente su cometido. Así que al cabo de dos años le dijo al aguador: -Estoy avergonzada y me quiero disculpar contigo porque debido a mis grietas sólo obtienes la mitad del valor que deberías recibir por tu trabajo. El aguador le contestó: -Cuando regresemos a casa quiero que notes las bellísimas flores que crecen a lo largo del camino. Así lo hizo la tinaja y, en efecto, vio muchísimas flores hermosas a lo largo de la vereda; pero siguió sintiéndose apenada porque al final sólo guardaba dentro de sí la mitad del agua del principio.
El aguador le dijo entonces: ¿Te diste cuenta de que las flores sólo crecen en tu lado del camino? Quise sacar el lado positivo de tus grietas y sembré semillas de flores. Todos los días las has regado y durante dos años yo he podido recogerlas. Si no fueras exactamente como eres, con tu capacidad y tus limitaciones, no hubiera sido posible crear esa belleza.
Todos somos vasijas agrietadas por alguna parte, pero siempre existe la posibilidad de aprovechar las grietas para obtener buenos resultados.”
Mi reflexión:
A veces podemos sentirnos poca cosa, incluso que no servimos para nada. También puede pasar que nos comparemos con otros que pensamos son perfectos. Puede que no nos guste cómo somos, o que no aceptemos nuestras propias grietas. Si alguna vez te has sentido así te entiendo. Vivimos en una sociedad competitiva en la que tenemos que sobresalir, ser los mejores, servir para todo. Queremos ser padres y madres perfectos, empleados perfectos, hijos perfectos, etc. Perdemos mucho tiempo comparándonos con los demás. No aceptamos nuestras propias limitaciones. Desde pequeños se nos evalúa y exige dar lo mejor de nosotros mismos. Un 5 no es suficientemente bueno, tenemos que intentar llegar al 10. Hay padres que no se conforman con casi nada, y siempre les dicen a sus hijos que pueden hacer más. Si sacas todo sobresalientes menos dos notables te preguntan qué paso en esas dos asignaturas, en vez de felicitarte por el resto.
Yo creo que no hace falta ser perfectos. Habrá días que puedas dar un 10, y otros un 5, y no pasa nada. La vida continúa, el mundo sigue girando. Ese nivel de exigencia externa, que más tarde se trasforma en autoexigencia personal lo único que hace es debilitarnos e incluso enfermarnos. Tampoco te va a proporcionar mucho bienestar compararte con los demás. En todo caso es bueno compararnos con nosotros mismos, e intentar hacer lo mejor que podamos, esto es, ayer grité a mis hijos tres veces y hoy solo una, por ejemplo. La clave está en aceptarnos como somos, con lo bueno y con lo malo que hay en nosotros. Además, lo que pensamos que es malo, como le pasaba a la vasija, no siempre lo es. Simplemente hay que reencuadrar. Lo que pensamos algunas veces de nuestras limitaciones son en realidad fortalezas. Además, aunque realmente tengamos una limitación siempre podemos intentar transformarla en fortaleza. Nuestras limitaciones nos pueden servir de trampolín para desear mejorar. Algo que pensamos que no hacemos bien puede ser una oportunidad para cambiar, para crecer.
¿Alguna vez te has sentido como aquella vieja vasija? ¿Qué grieta hizo florecer algo bello cerca de ti? ¿Qué limitación te impulsó y te ayudó a crecer?
Me encantará leerte en comentarios y que compartas tus experiencias al respecto.






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