Cuando estaba con él tenía la certeza de que nada en ese momento era más importante que yo. Cuando le necesitaba estaba. Nunca me imponía nada, me sugería. Mi opinión era importante para él, igual que la de cualquier otra persona, fuese alumno, padre, madre, profesor o estrella de rock. El creía, de verdad, que todos éramos un tesoro, un regalo de Dios. Únicos e irrepetibles. Imposible borrar de mi mente aquella mirada tan respetuosa, tierna, dulce y sincera con la que miraba a cada ser humano, daba igual, y me reitero, que fuese un anciano de la residencia, un delincuente de la cárcel, un homeless de los comedores sociales o el mismísimo gobernador del Estado. Traspasaba almas. Comprendía. Reía, era muy alegre. Poseía un gran sentido del humor. Cariñoso sin ser empalagoso. Existía coherencia entre lo que pensaba, decía y hacía. Podía confiar en él, y él siempre confiaba en mí.
No le gustaba decirme lo que estaba bien o mal. Le gustaba que yo pensara, decidiera y actuara según mi criterio. Era ese tipo de persona que deja huella, que trasciende por su sencillez y profundidad de miras. Consciente de un legado que merece la pena transmitir. Por supuesto que entonces no sabía todas estas cosas que te estoy contando ahora, pero si tenía claro que quería ser como él. Yo también quería mirar así a las personas. Escucharlas, no judgarlas. Cuando le preguntaba alguna duda él nunca me respondía, me contestaba con otra pregunta. Aquello no me gustaba porque tenía que pensar, y entonces era bastante más cómoda que ahora. Allí sembró mi criterio propio y la reflexión. Se pasaría un año entero regándolos con mucho mimo. No le gustaban las personas que no se hacían cargo de su vida, y que culpaban al mundo de todas sus desgracias. Transmitía paz, calma y sabiduría. Se convirtió en esa figura paterna que yo tanto ansiaba.
En España mi relación con Dios había sido bastante escasa. Prácticamente inexistente. Bautismo, comunión, algún funeral y poco más. Mis padres no practicaban y rara vez pisaba una iglesia. Mi padre decía que de pequeño ya había rezado rosarios para siete vidas, y mi madre ni fu, ni fa, tampoco mostraba mucho interés por la vida religiosa. A mi Dios como el inglés, me importaba poco, pero quería pegarme al Father a todas horas. Le escuchaba en misa los miércoles, le acompañaba a visitar enfermos, delincuentes, vagabundos y ancianos. Me sentía muy bien. Cuando estaba a su lado algo mágico se cocía en mi interior. Esa sensación de ser buena persona y ayudar al prójimo me había enganchado, el famoso voluntariado. Creía que era yo quien les ayudaba, cuando en realidad sucedía lo contrario. ¡Que verde estaba, como una vaina de judía baby, tierna e inmadura! ¡Cuánto me quedaba aún por aprender! Entonces no sabía que yo recibía de todos ellos lo mismo que yo les daba. Me sentía bien, me gustaba escuchar sus historias. Palpaba su gratitud. Cooperaba. Era un win win en el que todas las partes ganábamos. Ahora sé que para que cualquier relación sea sana y esté equilibrada tiene que existir reciprocidad, uno tiene que dar y recibir, en la misma proporción. De lo contrario algo falla. De tanto desear parecerme a Mike lo conseguí. A final de curso fui capaz de mirar, escuchar y no juzgar. El proceso fue largo. Deshacerme de malos hábitos me llevó un tiempo. Llevaba toda la vida intentando que alguien me hiciera caso, y siempre prefería hablar que escuchar. Juzgar y criticar era algo que también hacía muy bien. Tuve que desaprender para volver a aprender.
La primera vez que fui a la cárcel y vi a tantos delincuentes confieso que tuve miedo. Todas mis alarmas saltaron. Todos mis juicios se afilaron. Los presos gritaban, discutían o hacían gestos raros que no me gustaban. Me sentí muy incómoda. Ellos se apiñaban en grupos grandes que parecían manadas de lobos hambrientos. No dudaban en arrugar el morro y enseñarme sus colmillos. Aquella fue mi primera y última impresión. No volví nunca más. Y el Father no se enfadó, ni me regañó o manipuló para que resistiera. Simplemente me miró y sonrió cuando volvíamos a casa callados en el coche.
La siguiente visita fue mucho más cómoda. Consciente del impacto que la cárcel me había provocado Mike me llevó a otro lugar. Fuimos a una residencia de ancianos. A lo lejos, mientras aparcábamos, divisé un grupo numeroso de viejitos en lo alto de una escalinata empinada, ojeando simultáneamente el reloj y el horizonte. Allí le esperaban sonrientes. Algunos con bastón, otros con sus andadores. Todos vistiendo sus mejores galas y bien perfumados. Impregnados con la misma colonia que la propia residencia les facilitaba. Estaban apiñados. Se empujaban unos a otros como cuando un niño quiere ser el primero en ser visto. Todos querían abrazarle, tocarle, sentir su apretón de manos. Había hombres y mujeres. Hablaban muy alto, bien por la emoción, por la sordera o para imponerse y ser los primeros en poder hablar con él. Le esperaban desde que se había ido la semana anterior, y la anterior, y la anterior. Le esperaban siempre. Y siempre con la misma ilusión, como la de un niño la noche de Reyes. Era su momento, el más feliz de toda la semana. Cada uno aguardaba su turno, merecía la pena. Podían esperar más de una o dos horas para cruzar apenas tres frases con el Father.
Continuará…






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