Anoche fuimos a cenar Lola, Rafa y yo al Eucalipto, un chiringuito playero que nos encanta por su comida y su trato familiar. Te hacen sentir como si estuvieses en casa. María está en Madrid preparando el examen de inglés C1 que se realizará en unos días.
Habíamos pedido chopitos, mejillones al vapor, fritura variada y pajaritos, su especialidad, unos langostinos pringados con hierva buena, envueltos en pasta o masa filo y que se sirven fritos y muy crujientes.
La noche estaba siendo muy tranquila a no ser por Leo, que no paraba de enfadarse cada vez que otro perro se acercaba a las inmediaciones de su actual territorio, o sea, el trozo ínfimo de la superficie del suelo que quedaba debajo de la mesa que nos habían asignado. Lola se había fijado en una viejecita que cenaba sola; Tenía aparcado su taca-taca muy cerquita. Estaba tranquila y sonriente, viendo la vida pasar y observando a todos los que allí estábamos, con un pelotazo en la mano. Lola decía que le daba pena. La veía muy sola. Rafa dijo que al contrario, se notaba que sabía disfrutar de la vida. Curioso como ante un mismo hecho cada uno interpreta de una forma diferente.
De pronto un chico indio, no sabría decirte si era niño o jovenzuelo, de unos 14 o 15 años apareció en el restaurante con muchas flores en sus manos. Eran rosas. Tenía el permiso dueño para ofrecérselas a los comensales. Empezó a recorrer todas las mesas, desde el fondo hasta la nuestra, que era la última, situada en la misma calle. Nadie le había comprado ninguna. Algunas personas no se dignaron a mirarle. Seguían comiendo y riendo mientras ignoraban su existencia. Él en cambio no perdió su sonrisa ni la esperanza de vender alguna. Ofrecía solo una vez en cada mesa y se iba. Nada de insistencias ni agobios. Respetuoso y educado. Un trato exquisito. Humilde y sencillo; grandioso.
Cuando llegó a nuestra mesa actuó igual que había hecho en las 20 anteriores. Yo le pregunté qué vendía. Me dijo que rosas sueltas o en ramos. Una 3 euros, el ramo de tres a 5 euros. Lola me pidió que por favor le comprásemos alguna. Estaban casi todas las mustias, chuchurrías. Seguramente llevaban muchos kilómetros a sus espaldas después de una jornada en plena ola de calor. Le dije que me diese el ramo que él quisiera. Miró todas las flores una a una. Había uno apartado, precioso. Tenía 7 flores. De entre todas, las más frescas y tiesas, con sus colores aún vivos y brillantes. Me lo dio y dijo que eran 6 euros. Aunque seas de letras te habrás dado cuenta del regalo que me había hecho. Yo le di 15.
La cara de aquel niño era un poema. No podía haber más gratitud en esos enormes ojos negros. La sonrisa más bonita y honesta que he visto desde hace mucho tiempo estaba ahora frente a mí. Lo que nunca sabrá ese niño es que fui yo la que le dio las gracias no por las rosas, las más frescas y bonitas, sino por su regalo, su generosidad, su enorme grandeza. Porque es muy fácil dar cuando a uno le sobra pero muy difícil regalar lo único que tienes.
Cuando el niño estaba lejos me di cuenta de que la cara de Lola era otro poema diferente. Dos lagrimones se asomaban en sus ojos.






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