Me chiflaba estar con mi abuela. No me cansaba de oír sus historietas. Llegó del pueblo siendo una niña. Con 12 años pisó Madrid para siempre, sin mirar atrás, dispuesta a servir en casa ajena antes que volver a ese lugar. No quiso trabajar en la viña tragando polvo, ni quedarse en aquel pueblo lleno de paletos (así me lo contaba ella.) Analfabeta, con una maletita chica y las viandas que madre le había preparado al salir de su casa aterrizó en la capital. Con informes, por ser buena, limpia y seria la Doña no dudó en contratarla a pesar de su inexperiencia. El servicio de la casa lo formaban el ama de llaves, la cocinera, la limpiadora, y el chófer. Lo completaba mi abuela, la nueva niñera, sustituyendo a una alocada joven que dejaba el puesto.
La casa de sus jefes era señorial, inmensa, con techos altos y ornamentos en la fachada. Suelos de roble y estancias amplias. Era la tarjeta de visita de una familia adinerada: un matrimonio joven, sus dos hijos pequeños y una tata octogenaria. Mi abuela me contaba que cuando llegó del pueblo lloraba todas las noche porque se acordaba mucho de su madre. La añoraba. Dormía en la habitación de los niños, por si despertaban en mitad de la noche. Cada día, después de acostarles, en el primer sueño profundo, ella se dirigía a la lavandería y a mano frotaba sus prendas. Almidonaba los puñitos de las camisas y los babis de la escuela. Planchaba aquellas ropitas en una tabla pequeña, con una plancha de hierro que calentaba en los fogones de la cocina y alimentaba con ascuas de carbón. Se reía cuando yo me quejaba porque no era capaz de sacar una arruga con la ultramoderna plancha eléctrica. – Ay Martita, no te quejes- resoplaba. Y me volvía a contar por enésima vez la batallita de la plancha y los puños. Su jornada empezaba pronto y acababa tarde, pero decía que era afortunada porque la señora era muy buena y la cuidaba mucho. La enseñó a leer cuando pilló a mi abuela intentando descifrar un libro que tenía agarrado del revés. Trabajó en esa casa hasta el día que se casó con mi abuelo. Recordaba aquella época con nostalgia y gratitud.
Mi abuelo, machista por ignorancia, no por convicción, le dijo que él se ocuparía de traer el jornal y ella de hacer las labores de la casa. Pero empezaron a pasar hambre y ella no dudó en ponerse a coser a escondidas. Cosía a granel petos vaqueros de faena para una fábrica. Los lunes recogía el cargamento, ropa pre-cortada, y ella zurcía las costuras en casa. Los viernes devolvía la mercancía rematada y a cambio recibía un sueldito que estiraba un poco lo que ganaba mi abuelo. Así, aunque vivían en una casa humilde, en un barrio humilde, en su mesa no volvería a faltar un buen guiso con carne, pescado o fruta fresca de temporada.
Adelantada a su época, sacó el carnet de conducir con casi 60 años, vistió pantalones e invirtió en ladrillos cuando se produjo el boom inmobiliario. Con los ahorros de toda una vida compró tres pisos en la playa. Se metía en el mar con flotador sin saber nadar. Lució bañador, una indecencia para algunas mujeres de la época. Enviudó joven y nunca quiso irse de su casa. Valoraba mucho vivir dónde y cómo ella quería. Salía y entraba a su antojo. Un edificio antiguo y sin ascensor le ofrecía cada día la oportunidad de hacer ejercicio. Subía cuatro plantas a diario, al menos dos o tres veces, con dos muñones que tenía por pies después de ocho operaciones de juanetes. Era tremendamente independiente. – No me gusta dar la lata- decía. Todas las tardes, con ese humor que la caracterizaba, entraba en el taller de chapa y pintura. Así me lo contaba ella. Se restauraba y pasaba más de dos horas acicalándose delante del espejo. Coqueta hasta el fin. Todo este esfuerzo para quedar con sus amigas en el club social de la tercera edad. Las Cortes como ella decía, porque se pasaban la tarde discutiendo mientras jugaban a las cartas y opinaban de todo un poco. Pero eso las mantenía vivas, con ganas de seguir.
Continuará…






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