En contra de mi voluntad y habiéndome zafado de ello el curso anterior, mis padres me mandaron rumbo a este lugar en segundo de BUP. Decían que era la mejor manera de aprender inglés. A mí el inglés me importaba un bledo. Yo empezaba por fin a sentirme integrada con las guays de la clase. Irme ahora podía ser un problema. Irme ahora suponía un riesgo muy grande; perder la tan ansiada pertenencia a un grupo de personas “importantes”. Perder esa sensación de formar algo más grande que yo misma. Perder ese cariño, secretos, ese sentirme incluida que tantos años había soñado y que entonces había conseguido. Me tenían en cuenta, me escuchaban, hasta me preguntaban. Mi opinión contaba. Eso era lo que de verdad importaba, y no el inglés, un absurdo idioma que no servía para nada. Así pensaba yo a los 16 años. Menos mal que entonces, y sin que se convirtiera en norma mis padres tomaron una decisión firme y drástica y me obligaron a ir. No escucharon mis ruegos por quedarme en España. No hubo miramientos, no me hicieron caso cuando les supliqué. Papá y mamá ahora os digo: ¡Gracias!
Ironías del destino aquel fue el mejor año de mi vida: sin los consejos de mi madre, sin la poca afectividad de mi padre, sin esa sensación de pertenencia frágil e inestable con mis amigas. Un año entero sin fingir, en el que no tenía que interpretar un papel, en el que podía decir no y me seguían teniendo en cuenta, en el que me sentí profundamente valorada y querida por todos. Mi familia americana, mis profesores y mis amigos me adoraban. Un año entero sin tener que demostrar que era buena, obediente, cumplidora. Un año sin sentir que era un pegote, que no encajaba con quien yo quería. La primera vez en mi vida que realmente fui responsable, porque tenía capacidad de decisión y posibilidad de elección. Porque no hay responsabilidad sin libertad. Elegí hacer las cosas bien, elegí darme a los demás, elegí sonreír y ser yo mima. Pero no para agradar o complacer, no porque era lo que se esperaba de mí, no para gustar al resto y que me quisieran sino porque era lo que realmente yo quería hacer, teniendo la posibilidad y la máxima libertad de hacer lo contrario. Después de aquella experiencia pasarían muchos años hasta que volví a tener esa sensación de plenitud, satisfacción y felicidad con las cartas que jugaba. Porque de eso va la vida, una partida, un juego en el que a veces pierdes y a veces ganas. Las cartas te tocan, no las eliges, son las que son. Pero sí puedes elegir cómo jugarlas: quejándote, sobreponiéndote, remontando o rindiéndote. Infinitas opciones, infinitas posibilidades, y todas en tus manos.
La primera vez que pisé el suelo de aquel colegio americano mis sensaciones fueron agradables. Tenía miedo a la vez que me sentía segura. Era extraño y contradictorio, pero cierto. Me hablaban en inglés, rápido, muy rápido. Yo no entendía nada. Mi cara debía ser un poema porque enseguida paraban en seco y lo repetían todo a cámara lenta. Allí en lugar de rotar los profesores por las aulas, éramos los alumnos los que nos desplazábamos de un lugar a otro buscando la clase de biología, la de literatura o la de matemáticas. Cada aula estaba decorada con elementos que la representaban. Así las clases de ciencias tenían su laboratorio con tubos de ensayo, mesas de disección y tarros de formol. Las de geografía e historia mapas de isobaras, líneas del tiempo e incluso bolas del mundo. La clase de literatura manuscritos. La de idiomas diccionarios y posters de otros países con sus comidas típicas. Matemáticas y geometría compases, escuadras y cartabones. Así con todas. Yo, como el resto de estudiantes, tenía una taquilla con candado en medio del pasillo donde guardaba todos mis libros y materiales escolares. Cada vez que sonaba el timbre anunciando el final de una clase todos salíamos escopetados para llegar puntuales a la siguiente, y que nos diese tiempo a cambiar los libros. El primer día llegué tarde a todas mis asignaturas. Siempre había un alma caritativa que no dudaba en ayudarme y pacientemente analizaba mi horario para acompañarme hasta el aula correspondiente. Cuando entraba todos estaban ya sentados y en silencio, menos el profesor que me invitaba a pasar con una sonrisa y un gesto simpático. Y así, poco a poco, iba salvando el día. Me aterrorizaba la hora del lunch. Mi madre americana me había preparado una bolsita de papel cartón con un sándwich de mermelada de mora y crema de cacahuetes, una manzana y un zumito de piña. Ideas horribles bombardeaban mi mente. Había imaginado una y mil veces cómo sería de triste y bochornoso aquel momento. Me veía sola, sin amigos, en un país extraño sin hablar bien aquel idioma extraño. Creía que mi vida no le resultaría interesante a nadie. En cambio, al sentarme con mi bolsita en una de las gradas del campo de futbol un grupo de chicas se acercó, me saludó e invitó a ir con ellas. Yo no daba crédito. Allí todo era fácil: me hablaban despacio, me encarrilaban cuando me perdía y me integraban en sus grupos. Decían que era una monada y que mi acento les gustaba mucho. Así fue como el miedo del que antes te hablaba se esfumó veloz dando paso a una tranquilidad y seguridad que me acompañarían el resto del curso. Creo que nunca me había sentido tan feliz.
Por eso California se convirtió para siempre en mi refugio, un anclaje de seguridad y sosiego. Sigo volando allí mentalmente cuando siento angustia, tristeza o malestar. Y entonces me calmo. Y tú, ¿tienes algún lugar mágico al que volar cuando lo necesitas? Cuéntame, te leo.






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