Todos estos años he sido una afortunada porque comía todo lo que me apetecía y no engordaba. Según la nutricionista de mi marido eso era casi mejor que me tocase la lotería. De pequeña mi madre me llevó a varios especialistas por extremada delgadez. Todos coincidían, y le decían que no se preocupase que con el tiempo ya engordaría. Cuarenta y siete años después la profecía se ha cumplido. Hasta ahora he podido comer cualquier alimento y bebida en la cantidad que me apeteciera sin engordar ni hacer ejercicio. Parece ser que mi metabolismo era más rápido de lo normal.
Nunca mais, que diría una amiga mía. Como el resto de muchos mortales he tenido que empezar a cuidarme. Y digo conscientemente “he tenido que” porque a veces no nos ponemos las pilas hasta que no le vemos las orejas al lobo, en este caso hasta que mi figura ha empezado a cambiar. Siempre presté mucha atención a mi salud mental, pero mi cuerpo era agradecido y parecía no necesitar unos cuidados exhaustivos. Confieso, aunque siempre he llevado una dieta saludable, ni hacía ejercicio ni medía lo que comía. No tenía que hacer dietas milagro ni operación biquini cuando se acercaba el verano. Mi relación con el gimnasio era inexistente y el único ejercicio que he hecho hasta ahora han sido largos paseos a un ritmo muy muy relajado.
Mi marido y algun@s amig@s sí han flirteado con las dietas. Yo la verdad que no creo en ellas, en el milagro. Si funcionan a corto o medio plazo, pero fallan en el largo. No creo que sea muy sano convertirse en un muelle que pasa del sobre peso al peso ideal. Del blanco al negro. Hay muchas personas que cuando se ven “hermosas” se ponen a dieta y una vez han perdido aquellos kilos que les sobraban vuelven al azúcar, los bollos, el picoteo entre horas y las cañitas. Y al final no se quedan en el gris, ese equilibrio entre una vida saludable y un darse algún capricho de vez en cuando.
No es fácil, lo sé. Creo que el autocuidado pasa más por ir adoptando unos hábitos saludables poquito a poco e ir integrándolos en nuestra vida de manera gradual. Es poco realista quitar alcohol, quitar azúcar, quitarse ese cuscurro de pan que sabe a gloria cuando lo compramos calentito. Es poco realista cambiar de la noche al día. Por eso creo que si no se cambia previamente de mentalidad, si no se cambia la manera que tenemos de relacionarnos con la comida nada cambiará. Podremos perder peso más rápido o más despacio, más o menos kilos, pero seguro que con el paso del tiempo, tarde o temprano volveremos al punto del que partimos. Porque muchas veces la comida o la bebida se convierte en esa anestesia con la que calmamos nuestra ansiedad, nuestras penas, nuestro estrés o nuestro duro día. Y de igual manera se convierte en el chute de alegría y plenitud cuando nos sentimos felices y queremos celebrar algo.
Para cambiar hábitos alimenticios sería bueno cambiar algunas malas costumbres. Y creo que no hace falta enumerarlas por enésima vez porque todos las conocemos de sobra. El otro día hablaba con mi amiga Raquel sobre estos temas y me dijo una frase que me encantó: no es tanto hacer dieta sino hacer una compra de mercado, no de supermercado. Fuera procesados. Si a la verdura, a la fruta, al pescado, a la carne, a los huevos que podríamos encontrar en un puesto del mercado de toda la vida.
El plato Harvard más que una dieta es una filosofía de vida. Es una forma muy visual de saber lo que podemos comer cada día. Es incorporar todos los alimentos en nuestra dieta en su justa medida. No soy especialista en nutrición pero sí que practico esto de lo que te estoy hablando y es la única forma que he encontrado de mantenerme en un peso regular, sin grandes oscilaciones en un tiempo prolongado. Hoy te explico lo más básico, la idea principal. En otra entrada te contaré detalles más precisos.
Cuando quiero cambiar cualquier hábito, sea del tipo que sea, lo único que me funciona es hacerlo muy despacio, gradualmente. Si manejo mucha información nueva de golpe me saturo y no consigo cambiar nada. Lo fundamental es que mentalmente dividas el plato en el que habitualmente comes en cuatro partes. En un cuarto (25%) pones la proteína, que puedes ser de origen animal (carne, pescado y huevos) o vegetal (legumbres). En otro cuarto (25%) pones los hidratos de carbono que son la pasta, el arroz, la patata. Y en la otra mitad restante del plato, dos cuartas partes (50%) pones los vegetales crudos o cocinados. Aquí puedes incluir verdura y fruta.
En mi cuenta de Instagram iré subiendo ejemplos reales de lo que como cada día por si necesitas inspiración. Busca en historias destacadas. Si quieres compartir tu experiencia en relación con este tema me encantará leerte en comentarios.






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